|
Avistamiento
de las ballenas
Ha
llegado el ángel
oigo arrastrar sus alas.
Un pie en la noche,
otro quién sabe donde.
Casi
lo veo,
como un
petirrojo
acicalándose
las plumas.
Hace
años nos miramos
en este mal
llamado rito
que sin cesar
se renueva.
(De cada dos
pensamientos,
uno está
dedicado a él)
Hoy,
soy un
hombre viejo donde la sangre
busca
sus estuarios,
con
mucho miedo a la soledad de los almuerzos.
Mi
ángel se marchó,
o yo,
distraído,
lo perdí
en alguna mudanza de barrio.
¿Dónde
están tus vientos
y sus
banderas, ángel mío?,
¿dónde
la mañana clara
para
avistar ballenas.
Sentado
sobre las maletas
de
mi pasado
espero la
partida,
y
recuerdo a un muchacho que
silba
mientras orina contra la pared
de un
estadio:
Mi ángel
me sonríe desde un sábado del año 77,
y de
nuevo me siento feliz
y olvido
que soy
el pájaro
más breve de la tierra.
En
los patios del señor
En mi
tierra los campesinos saben que los clavos ponen a parir los
árboles. Esperan la medianía del tronco, entonces clavan
tres, o cuatro clavos viejos.
A
los pocos días el árbol florece, entonces llega la cosecha
de mangos,
naranjas
y ciruelas.
¿Será
que presienten la muerte y apremian los frutos de la vida?
Una conciencia venida
del dolor, quizás, que hace crecer lluvias bajo las cortezas.
Algo
saben estas manos sucias, que proclaman:
El
que sabe, salvarse sabe.
Y uno
parece escuchar a Schopenhauer, decirlo a su modo: Hasta
los árboles, para florecer, necesitan que los doble el
viento.
Como
las ánimas benditas en el Purgatorio de
una litografía de mi infancia, veo a los árboles alzar sus
brazos acechando el rabo de las nubes.
En
un patio lejano, en el corazón de un tronco caído,
alguien talla un muñeco para que le sirva de compañía.
Lo
amador
No
hay matadero sin ruiseñor
ni rosal
sin gallinazo.
Me
bajo del autobús en una loma
que me
deja ver los techos del viejo barrio.
En ellos
hay pelotas que se quedaron para siempre,
ruedas de
bicicletas, maderos, trapos viejos.
restos de
naufragios
a la
intemperie.
En
los patios las mujeres espantan perros y
aves
ajenas, parecen crucificadas en el viento
al abrir sus sábanas en las cuerdas.
Frecuento
mi viejo barrio
(su
memoria inviolada,
quiero decir)
Niñas
camino a clases de Corte y
Confección,
afiladores de cuchillos,
Pregoneros
de sal y almíbar.
Rostros
abolidos de mi infancia,
olor de
flores de Azahar bordando
melancolías,
zapatos
pisando ausencias.
No
hay matadero sin ruiseñor
Ni rosal
sin gallinazo.
Los
autobuses recorren la
orilla
de mi barrio en busca de pasajeros.
Hago mi
señal,
subo a la máquina,
es como
si uno regresara de lo mejor
de uno
mismo.
|