REVISTA DEL OBSERVATORIO DEL CARIBE COLOMBIANO

N°  9 - DICIEMBRE DE 2003

CULTURA

Poesía
John Jairo Junieles
Illustración de Rómulo Bustos Aguirre

Avistamiento de las ballenas
Ha llegado el ángel
oigo arrastrar sus alas.
Un pie en la noche,
otro quién sabe donde.

Casi lo veo,
como un petirrojo
          acicalándose las plumas.

Hace años nos miramos
         en este mal llamado rito
         que sin cesar se renueva.
         (De cada dos pensamientos,
         uno está dedicado a él)

Hoy,
          soy un hombre viejo donde la sangre
          busca sus estuarios,
          con mucho miedo a la soledad de los almuerzos.

Mi ángel se marchó,
          o yo,

distraído,
          lo perdí en alguna mudanza de barrio.
          ¿Dónde están tus vientos
          y sus banderas, ángel mío?,
          ¿dónde la mañana clara
          para avistar ballenas.

Sentado sobre las maletas
         
de mi pasado
          espero la partida,
          y recuerdo a un muchacho que
          silba mientras orina contra la pared
          de un estadio:
          Mi ángel me sonríe desde un sábado del año 77,
          y de nuevo me siento feliz
          y olvido que soy
          el pájaro más breve de la tierra.

 

En los patios del señor
En mi tierra los campesinos saben que los clavos ponen a parir los árboles. Esperan la medianía del tronco, entonces clavan tres, o cuatro clavos viejos.

A los pocos días el árbol florece, entonces llega la cosecha de mangos,
          naranjas y ciruelas.

¿Será que presienten la muerte y apremian los frutos de la vida?
Una conciencia venida del dolor, quizás, que hace crecer lluvias bajo las cortezas.

Algo saben estas manos sucias, que proclaman:
El que sabe, salvarse sabe.
Y uno parece escuchar a Schopenhauer, decirlo a su modo: Hasta los árboles, para florecer, necesitan que los doble el viento.

Como las ánimas benditas en el Purgatorio de
una litografía de mi infancia, veo a los árboles alzar sus brazos acechando el rabo de las nubes.

En un patio lejano, en el corazón de un tronco caído,
alguien talla un muñeco para que le sirva de compañía.


Lo amador

No hay matadero sin ruiseñor
          ni rosal sin gallinazo.

Me bajo del autobús en una loma
          que me deja ver los techos del viejo barrio.
          En ellos hay pelotas que se quedaron para siempre,
          ruedas de bicicletas, maderos, trapos viejos.
          restos de naufragios
          a la intemperie.

En los patios las mujeres espantan perros y
         
aves ajenas, parecen crucificadas en el viento
al abrir sus sábanas en las cuerdas. 

Frecuento mi viejo barrio
         
(su memoria inviolada,
quiero decir)

Niñas camino a clases de Corte y
          Confección, afiladores de cuchillos,
          Pregoneros de sal y almíbar.
          Rostros abolidos de mi infancia,
          olor de flores de Azahar bordando
          melancolías,
          zapatos pisando ausencias.

No hay matadero sin ruiseñor
          Ni rosal sin gallinazo.

Los autobuses recorren la
         
orilla de mi barrio en busca de pasajeros.
          Hago mi señal, 
subo a la máquina,
          es como si uno regresara de lo mejor
          de uno mismo.

 
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