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Chentico (Media Guajira): Anciana |
La organización social wayuu
Entre los pueblos indígenas de las tierras bajas
suramericanas, los wayuu ocupan una posición “excéntrica”,
no sólo geográficamente (la península de la Guajira), sino
también desde el punto de vista de su modelo de organización
social. Los principales factores de esta excentricidad pueden
ser identificados en: a) la precocidad histórica de la
adopción del pastoreo y de la domesticación de animales2;
b) la práctica del “precio de la novia”, en lugar del
usual “matrimonio por servicios”3;
c) la posibilidad de pagar indemnización por un homicidio
como alternativa a la venganza, que en cambio representa la
única opción disponible entre muchos grupos de esta área
cultural; d) un sistema de estatus y prestigio basado en la
acumulación y la exhibición de riqueza material, primero que
todo, el ganado, en lugar del modelo más común de igualdad o
de jerarquía fundamentado en el sistema de clases, de edad
y/o en la genealogía4.
2.
La adopción de la cría y del pastoreo de ganado se remonta a
los primeros siglos de la colonización española y ha
ocasionado importantes cambios en las anteriores actividades
de subsistencia (caza, recolección, pesca y limitadas formas
de agricultura) y en la economía indígena, que puede
caracterizarse como economía “multirrecursos”. Desde las
primeras décadas del siglo XX, las oportunidades de trabajo
asalariado en las salinas de Manaure y en los centros urbanos
(en primer lugar, Maracaibo) se convirtieron para muchos
indígenas en una fuente importante de ingresos. Éstas, junto
con una renovada capacidad de inserción (favorecida por el
carácter de región fronteriza que mantiene hoy la Guajira y
por las menores restricciones que tiene la población
indígena para el paso de la frontera entre Colombia y
Venezuela) en el manejo de los circuitos comerciales
regionales, simultáneamente para el contrabando, han
amortiguado las consecuencias de la intensa crisis del
pastoreo y de la misma agricultura. Sin embargo, estos cambios
aumentaron la dependencia económica de la población
indígena con actividades productivas y fuentes de ingresos
ubicadas afuera de la península. Sobre la historia de los
Wayuu y de la Guajira desde el período colonial hasta la
primera mitad del siglo XX, véanse De La Pedraja (1980),
Picon (1983), Moreno y Tarazona (1984), Barrera (2000), Polo
Acuña (2000), Correa y Vázquez (1986) y Rivera (1990-1).
3.
Como es notorio, en el “matrimonio por servicios”
(brideservice), los hombres adquieren derechos matrimoniales
sobre sus esposas a través de los servicios laborales que
prestan a sus suegros por un periodo variable que a menudo se
extiende también después del matrimonio. En cambio, con el
“precio de la novia” (bridewealth), un hombre legitima sus
derechos matrimoniales a través de la entrega de unos bienes
a unos parientes (comúnmente al padre) de su esposa.
4.
Son los rasgos mencionados por Descola (2001) en un contexto
de comparación regional. El acercamiento entre los wayuu y
algunas poblaciones africanas que él sugiere, puede
justificarse con base en otros dos aspectos, que alejan los
primeros de la mayoría de los pueblos indígenas de las
tierras bajas suramericanas: la notable dimensión
demográfica y la importancia que tiene un principio de
descendencia en la clasificación de las personas y en su
adscripción a grupos sociales reconocidos. Sin embargo,
excentricidad no significa que los wayuu no compartan rasgos
comunes con los otros pueblos indígenas de esta área
cultural. Así, para limitarse a unos ejemplos, no tan
diferentemente de lo que se encuentra entre muchos grupos
indígenas amazónicos, en una serie de expresiones culturales
relevantes, como la mitología, se evidencia tanto un dualismo
cosmológico cómo una “ideología” de cazadores (Perrin,
1980, 1987). Por otro lado, el surgimiento del sistema de
indemnizaciones no causó la desaparición de las guerras
interfamiliares, que siguen siendo un evento frecuente.
Además la interpretación del sistema de solución de las
disputas a través de un pago de indemnización como
expresión de la presencia de un principio de “heterosustitución”
de las personas por “cosas” no puede hacer olvidar la
importancia que en este tipo de solución tiene el buen uso de
la “palabra” (véase Guerra, 2001).
El sistema de estatus y
prestigio que se encuentra entre los wayuu es uno de los
aspectos más difíciles de insertar dentro de las tipologías
de organización social indígena presentes en las tierras
bajas suramericanas. La acumulación y la exhibición de
riqueza material y de hombres (que se pueden movilizar ya como
trabajadores en las propias dependencias, ya como “soldados”
en las guerras de retaliación), se combina con otros
elementos, como la edad y la experiencia acumulada en el
manejo exitoso de la “palabra” y de las armas en los
conflictos. Por otro lado, en el mismo uso lingüístico del
término castellano “casta” para referirse a los eirruku,
o grupos de descendencia matrilineal en que los wayuu
consideran divididos su sociedad5,
permanece la connotación de una jerarquía casi “heredada”6.
5.
En la mitología, los eirruku son unos treinta grupos
matrilineales en que los primeros wayuu vienen repartidos por
el demiurgo Maleiwa o por sus emisarios (como el pájaro
Utta), y se identifican por un gentilicio, un territorio de
origen, un animal representativo, un signo utilizado para
marcar el ganado de sus miembros. También se mencionan,
aunque utilizando eufemismos, las diferencias en la “grandeza”
de los eirruku, manifiestas en el número de personas que
llevan un determinado gentilicio. Los gentilicios más raros
se asocian con un estatus desprestigiado, evidenciado en unos
casos por la falta de una propia “marca”.
6.
De todas formas, el concepto de una jerarquía de estatus “adscrita”
a cada eirruku desde su origen parece residual; más bien se
impone el concepto de que entre distintos grupos de parentesco
uterino (también cuando pertenecen a un mismo grupo de
descendencia) existe una jerarquía de estatus que se define
en el tiempo, y que, como se ha dicho, se fundamenta en la
capacidad de movilizar recursos materiales y humanos. Los
wayuu ponen especial énfasis sobre la inestabilidad de estas
jerarquías, asociadas sobre todo con la índole variada de
cada miembro de un conjunto de parientes uterinos y con las
posibles consecuencias de las guerras. Además, en las
disputas solucionadas a través de una indemnización: “las
negociaciones acerca de las cantidades de compensación son
también negociaciones acerca del valor de las personas”
(Saler 1985: 64).
La afiliación a un
determinado eirruku se transmite exclusivamente por
nexos uterinos. Esta afiliación de la persona, desde el
momento de su nacimiento, al grupo de descendencia uterina de
su madre, tiene como soporte la teoría indígena de la
procreación. Como lo anota Perrin (2003)7,
aunque entre los wayuu pueda haber variaciones en las
afirmaciones acerca de si determinadas substancias de la
constitución biológica de una persona proceden también de
su padre, como aporte parcial o de manera exclusiva, este
asunto tiene mucha menor importancia que la concepción acerca
de la madre como la que le transmite el eirruku, es
decir, su “carne”, en cuanto “sustancia, migajón,
textura, composición o calidad” (Jusayu y Olza Zubiri
1988:88) de su cuerpo. Hoy en día los wayuu hacen un uso
limitado de un “idioma” de transmisión y comunidad de
humores corpóreos para la descripción de las relaciones
genealógicas. Sin embargo, ellos siguen subrayando que sólo
las mujeres “engrandecen”, “multiplican” (awáinmaja)
un eirruku.
7.
Agradezco a Michel Perrin por haberme permitido consultar este
escrito no publicado. Como resulta de toda la etnografía
(Gutiérrez de Pineda 1950; Watson 1967; Wilbert 1970; Goulet
1981), para los wayuu en el proceso de procreación la mujer
“tiene más fuerza” (katsüinka) que el hombre. El
engendramiento de una persona es considerado el producto de la
unión del semen (awasain) y de la sangre (ashá) menstrual.
En una versión del cuento del origen de los eirruku, se
explica que la mujer tiene “primacía” en este proceso “porque
la sangre de los vástagos es esencialmente materna” (Paz
Ipuana 1973:197). Esta sangre entra en contacto con el semen,
se coagula y viene a constituir el eirruku del hijo, o sea su
“carne”. Con base en los conceptos recogidos por mí, la
relación entre sangre (ashá) y carne (eirruku) es concebida
como una transformación en el grado de estructuración de una
misma sustancia en el curso del embarazo. Por su parte, Goulet
(1981), quien sostuvo que para los wayuu la “sangre” es un
elemento aportado sólo por el padre, anota, sin embargo, la
cercanía, que llegaría a la superposición, entre los
significados de ashá, “sangre”, y ashula, “pulpa, parte
carnosa o jugosa de alguna cosa”, es decir, totalmente
estructurada (Jusayu y Olza Zubiri 1988:64). En efecto, los
wayuu afirman que en el curso de la gestación “la ashá se
vuelve ashula”.
El parentesco
uterino es el principio de reclutamiento en las retaliaciones.
La existencia de ésta y de otras reciprocidades de
obligación entre parientes uterinos, junto con la
adscripción a un mismo territorio, sobre el cual se tiene
titularidad de derechos, incluso lo de tener un propio
cementerio, los identifica como apüshi. Esta palabra,
utilizada casi siempre con prefijos posesivos, literalmente
significa “parte”, pero es comúnmente traducida como “familia”
por los bilingües. En las indemnizaciones para una ofensa,
hay que distinguir entre el caso de una muerte y el caso de
lesiones menores. En el primero, la mayoría del pago toca a
los consanguíneos uterinos del muerto, a sus apüshi,
pero su padre y/o abuelo paterno y/o sus oupayu (o sea
los consanguíneos uterinos, los apüshi de su padre y
del padre de este), reciben un pago menor, llamado
ishoupuna (“de la sangre”) o süwüirra wayuu (“de
las lágrimas para la persona”). En el segundo, la identidad
de aquel que recibe el pago, entre los parientes de la
víctima, depende de factores circunstanciales8.
8. Como
anota Goulet (1981), en ambas situaciones, para que el padre
y/o sus parientes uterinos puedan ejercer estos derechos a
recibir pagos de indemnización, es necesario que el padre
haya cumplido con los pagos matrimoniales para la madre de la
víctima.
Como se
mostrará a continuación, los factores de excentricidad que
caracterizan a los wayuu con respecto a la mayoría de los
grupos indígenas de las tierras bajas suramericanas producen
una particular configuración de las relaciones de género9
que en la etnografía regional sobre este tema10
tienen generalmente un espacio reducido. Además, como veremos
inmediatamente, en el caso de los wayuu, la relevancia que
tienen estos aspectos de excentricidad resalta cuando,
siguiendo el planteamiento más común en esta literatura, se
consideran el problema de las relaciones de género y dos
ámbitos básicos de la organización social como la división
del trabajo y las relaciones de parentesco.
9.
Como sabemos, la noción de “género” fue propuesta entre
los antropólogos para poner en tela de juicio la idea,
también presente en la primera ola de la antropología
feminista (por ejemplo Ortner, 1974), según la cual las
diferencias de constitución y de funciones biológicas entre
los sexos determinan inevitablemente la inequidad, en
términos de poder, entre hombres y mujeres. En cambio, para
el paradigma teórico del cual el análisis de Strathern
(1988) sobre la socialidad y la persona en Melanesia
constituye el más famoso “ejemplar”: “gender does not
refer primarily to reified sexual attributes but is
constituted as a function of social positions” (Descola,
2001:102). Otros autores (por ejemplo, Collier y Yanagisako
1987) han llevado la crítica del “reduccionismo biológico”
hasta al punto de negar que los factores “biológicos”
tengan alguna prioridad en la construcción de las categorías
de género. Los balances más recientes de Morris (1995),
Worthman (1995) y Rogers (1999) muestran el reduccionismo de
las dos posiciones, tanto la “biológica” como la “cultural”,
frente a una investigación científica de estas cuestiones.
10.
Por ejemplo Seymour Smith (1991); Bellver (1993); Hugh Jones
(1995); Perrin y Perruchon [eds.], (1997); Knauft, (1997);
Gregor y Tuzin [eds.] (2001); Mc Callum, (2001).
La división del trabajo
En la mayoría de las sociedades indígenas de las tierras
bajas suramericanas (sobre todo allí donde el contacto con
Occidente fue muy limitado hasta tiempos recientes), la
división del trabajo coincidía en el pasado esencialmente
con una división sexual. Aun hoy, en estas sociedades hombres
y mujeres desempeñan generalmente papeles complementarios.
Aunque entre los distintos grupos indígenas haya márgenes de
variación, a veces notables, en
la manera en que esta complementariedad se configura, desde el
punto de vista de quien desempeña un determinado papel, o
desde la existencia de una jerarquía asociada, tanto en las
prácticas como en las ideologías, con la organización de
las actividades laborales11.
11.
Como demuestra el debate entre Descola (1986, 2001), Seymour
Smith (1991) y Taylor (2001) acerca del caso jíbaro, la
división sexual del trabajo en un mismo grupo puede tener un
aspecto al mismo tiempo igualitario o jerárquico, dependiendo
del nivel de la realidad que se asume en el análisis. Lo
anterior, lleva a Lorrain a afirmar que: “opposed
conclusions can be reached on the nature of gender politics,
and by extension the political structure of society, depending
on the analytic levels considered most pertinent such as the
specific sets and subsets of relations examined, normative
values and social relations versus pragmatic indigenous values
and actual social relations, physical versus symbolic
violence, and direct coercion versus habitus” (2001: 271-2).
Los wayuu tienen
una larga historia de incorporación a una economía
mercantil, y la inserción de porciones siempre más amplias
de su población al interior del mercado regional del trabajo
asalariado tiene ya un siglo. Por lo tanto, no es posible
analizar los patrones de la división del trabajo sin tener en
cuenta la manera en que estos han sido históricamente
moldeados por esta realidad. De todas formas, aún
limitándonos a considerar las actividades económicas “tradicionales”12
(pastoreo, agricultura, caza, pesca, recolección y comercio),
se evidencia la relevancia que en la división del trabajo
tienen aquellos principios de jerarquía social basados en las
diferencias de riqueza material que desde hace siglos se
introdujeron en el corazón del sistema indígena de
reciprocidades, intercambios y estatus.
12.
En la península de la Guajira, la aridez del ambiente permite
solamente formas limitadas de agricultura confinadas en las
subregiones más húmedas (las serranías del norte y las
sabanas del centro), mientras que en la mayoría de la costa
resulta casi imposible cultivar. Las actividades de caza y
recolección, que en el pasado tenían un cierto relieve,
contribuyen hoy muy poco a la subsistencia, debido también a
la desaparición de muchas especies. En cambio, para muchos
wayuu que habitan en las zonas costeras, la pesca constituye
frecuentemente un recurso importante para la propia
alimentación, y hoy, de manera creciente, también para el
comercio. A pesar de su importancia económica, esta actividad
se sigue asociando con un estatus social desprestigiado: la
pesca se opone a la cría de ganado, altamente valorada en
cuanto atestigua tanto de la riqueza como de la laboriosidad
del dueño de los animales. Sobre la oposición pesca/pastoreo
y las manipulaciones simbólicas a que se somete por los
pescadores playeros (apalaanchi), véase Guerra (1990).
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Nazareth
(Internado). Festival de la cultura wayuu Concurso de
Majayut |
Aunque el pastoreo sea
una tarea mayoritaria de los jóvenes varones, también las
mujeres lo practican con frecuencia, sobre todo si no tienen
marido o éste vive lejos con otra mujer o está ocupado en
otra clase de trabajo. En el pasado, cuando los wayuu de alto
estatus poseían grandes rebaños, el trabajo pastoril era, a
menudo, desempeñado por sirvientes de ambos sexos que a veces
tenían lejanas conexiones de parentesco con los dueños de
los animales. Este patrón se observa también hoy, aunque en
menor escala.
En los trabajos
agrícolas estacionales, el desmonte inicial del terreno es
realizado invariablemente por los hombres. En cambio, en la
mayoría de los casos, son las mujeres quienes toman a su
cargo las sucesivas operaciones de limpieza, siembra y
cosecha. Sin embargo, también en este ámbito, la identidad
de quien hace estas tareas dependerá más de las estrategias
en la repartición de las actividades de subsistencia del
grupo doméstico que de la riqueza de las personas13.
13.
También hoy, aunque con menor frecuencia que en el pasado, no
sólo con ocasión de la cosecha, sino de otros trabajos, como
la construcción de una vivienda o de un jagüey, que
necesitan del aporte de una fuerza laboral externa al grupo
doméstico, se puede convocar a una yanama, o sea, jornadas de
trabajo colectivo. Los prestadores de mano de obra se
recompensan con alimentación y otros bienes. Además pueden
esperar que los beneficiarios les devuelvan la misma
prestación en un futuro. En estas circunstancias, los
trabajadores son generalmente hombres, pero esto depende del
hecho de que las mujeres deben ocuparse de la preparación de
los alimentos que se van a brindar. Esta última sí es una
tarea específicamente femenina.
En contraste con
la vigencia que mantienen hoy las actividades de recolección,
especialmente de frutos silvestres, la caza y la pesca son
actividades específicamente masculinas; las mujeres se
limitan a la preparación de los alimentos derivados de los
animales, y hoy en día, a la venta de esos productos.
En cambio, el
comercio es considerado sobre todo una actividad femenina, no
sólo porque los hombres por lo general se encuentran ocupados
en otras actividades, sino también porque las mujeres tienen
la reputación de ser más cuidadosas y “responsables” en
el manejo del dinero. Además, es importante destacar que las
mujeres no se limitan a comerciar los “productos” del
trabajo de los hombres. Al contrario, hay bienes, como el
tejido de hamacas y mochilas, que no sólo son vendidos por
las mujeres, sino que también son producidos exclusivamente
por éstas.
En resumen,
entre los wayuu, aun cuando se analice la división del
trabajo sólo en estos contextos tradicionales de actividad,
la edad y la riqueza, más que el género, resultan ser,
excepto en raras circunstancias, los principales elementos
sobre los que se fundamentan la repartición y la valoración
de las tareas laborales.
Género, matrilinealidad, formas de propiedad y transmisión
de los bienes
Entre los wayuu, la matrilinealidad como principio de
afiliación social de las personas sigue expresándose, sobre
todo, en el campo “ideológico” de los fundamentos
originarios del orden social, en la teoría de la procreación
y en el campo político-militar de las guerras
interfamiliares. En contraste, en el campo de la transmisión
familiar de bienes, la matrilinealidad es hoy en día sólo
una de las opciones practicadas, aunque la memoria oral y los
testimonios históricos evidencian su mayor importancia en el
pasado14.
De todas formas, hoy en día, aun allí en donde un principio
matrilineal de herencia parece mantener más fuerza, como en
el caso de las tierras, su aplicación concreta parece a
menudo incierta. Consultados sobre el argumento, los ancianos
actuales reconocen que “siguiendo la costumbre” tendrían
que ser los sobrinos uterinos de ambos sexos los poseedores
del derecho a heredar los animales y las tierras de un hombre;
pero que generalmente éste, bien sea a través de regalos
efectuados en vida o en disposiciones acerca de sus
pertenencias para después de su muerte, busca una
repartición equilibrada de ambas clases de bienes entre
aquellos y sus hijos15.
14.
Véanse, por ejemplo, De la Rosa (1945, [ed. Or. 1740]: 2845).
Picon (1983) y Barrera (2000) quienes desarrollan un análisis
general de las fuentes históricas sobre este aspecto.
15.
Durante mi trabajo de campo, observé muchos casos, sobre todo
el de las tierras, en que esta discrepancia entre norma ideal
y prácticas reales engendra una ambigüedad que temprano o
tarde desemboca en un conflicto, que puede volverse también
violento, entre hijos y sobrinos, afiliados a sus respectivos
grupos de parentesco uterino.
A Watson-Franke
se debe una serie de artículos (1974, 1976a, 1976b, 1979,
1982, 1987) que pueden ser considerados pioneros en el estudio
de la posición de las mujeres entre los wayuu. La autora
sostiene que un principio matrilineal de formación,
afiliación y reproducción de los grupos de parentesco, en
que las mujeres constituyen el elemento de enlace, predispone
hacia su alta valoración social, especialmente al interior de
su grupo de descendencia.
Según
Watson-Franke, las formas que toman entre los wayuu la
propiedad y la transmisión de los bienes, así como las
relaciones matrimoniales, confirmarían esta tesis. En lo que
concierne a las primeras, no hay una verdadera asimetría
entre hombres y mujeres con respeto a la adquisición,
cantidad y herencia de las distintas formas de propiedad —tierra,
animales, joyas, tejidos, vivienda, “contras” (especie de
amuletos)—. Los wayuu “receive
property through channels that are open and used by both
sexes, including gifts, inheritance, exchange, purchase and
compensation payments” (1987: 237). Tanto las mujeres
como los hombres contribuyen y reciben de manera análoga en
la transmisión de estos bienes, especialmente los animales,
bajo la forma de regalos
hechos a los familiares desde su infancia, en la herencia
post-mortem o en la repartición de los pagos matrimoniales
y de composición de disputas16.
Es más, en el caso de
bienes como las joyas y los tejidos, en comparación
con las mujeres, los hombres tienen un acceso
limitado a su propiedad y un control reducido en
ocasión de su transacción17.
16.
Perrin (2003) no comparte este análisis y afirma que “En
cada caso la mujer recibe siempre menos que el hombre”.
Estoy de acuerdo con su punto de vista, pero cabe destacar que
esta frecuente inequidad entre hombres y mujeres respecto de
lo que reciben nunca se presenta como una “norma”
expresada por los indígenas, y no puede considerarse
separadamente de su relación con eventuales asimetrías entre
los sexos, de signo contrario, respecto a la cantidad de las
contribuciones aportadas. Personalmente, creo que este aspecto
no debe tratarse de manera aislada, sino mirando su relación
con la asignación a los hombres, como se explica más
adelante, de papeles “públicos” de representación, que
los colocan “antes” de la mujeres en el manejo de la
negociación y en los circuitos de aporte y de distribución
de los bienes negociados.
17.
Además, como lo anota Watson-Franke, los tejidos: “do not
have the same exchange value as jewelry and livestock, since
they cannot be used for compensatory payments” (1987:235).
Se puede sugerir que esto hace de los tejidos una clase de
bienes sobre los cuales la mujer puede ejercer un control y un
manejo individual que resultan menos sometidos a los vínculos
de parentesco. Sin embargo, el desarrollo actual del uso del
dinero efectivo en los pagos de compensación vuelve mucho
menos marcada esta distinción de las esferas de intercambio,
en cuanto todos los bienes pueden convertirse en dinero para
reunir el pago solicitado.
En conclusión,
también las diferencias en la distribución de la propiedad,
y, en general, las relaciones de
subordinación y control se configuran más que todo
con respecto a distinciones de edad y de “clase” (Watson-Franke,
1987: 233, 242), que en relación con la
división entre los sexos.
Transacciones matrimoniales, relaciones marido-mujer y la
cuestión de la jerarquía
Las prácticas matrimoniales han constituido un campo
estratégico para abordar la cuestión del género en
las sociedades amerindias. Como se ha dicho, en la mayor
parte de estas sociedades, prevalece la práctica del
“matrimonio por servicios” (brideservice)
mientrasque el “precio de la novia” (bridewealth)
está casi ausente (Shapiro
1984). Esto hace de la Suramérica indígena un
área privilegiada para sondear la tesis de Collier y
Rosaldo (1981), según la cual, en las sociedades en las
que funciona un sistema de brideservice, la política asume
la forma de “política sexual” que gira alrededor de
la política matrimonial. En esta clase de sociedades, la
desigualdad (inequality) entre los sexos se encuentra estrechamente
conectada con la estructura general de desigualdad
social. Esta se expresaría en la asimetría que
se instaura entre los hombres casados, que pueden pretender
servicios y prestaciones laborales y entre las mujeres, y
hombres solteros (bachelors), desprovistos de tal “recurso”.
En esta situación, un hombre presta servicios laborales a los
parientes de su mujer para adquirir con el pasar del tiempo
plenos derechos sobre ella18
y “compensarlos” por la pérdida del control sobre la
capacidad laboral de su hija19.
Sin embargo, ha sido observado que el modelo de Collier y
Rosaldo considera las mujeres como: “passive valuables,
rather than seeing valueas being constituted by desire, a
mutually lived experience for both men and women. …These
paradigms misleadingly regard women’s matrimonial roles
simply as enthralment, rather than seeing these roles in terms
of their potential for active political engagement”
(Dean, 1995: 90, énfasis en el texto). En cambio, en la
Amazonia indígena, es frecuente encontrar un discurso en el
cual las mujeres se representan como “objetos” para
intercambiar a través del matrimonio y tienen notables
espacios de autonomía y de manejo de estas situaciones, las
que en muchos casos se apoyan también sobre normas,
prácticas y discursos socialmente legitimados20.
18.
A pesar de que estos derechos puedan incluir la posibilidad de
llevársela de su casa natal, en el área cultural amazónica
es muy frecuente encontrar un patrón uxorilocal de residencia
posmatrimonial. Esta ha sido interpretada en el pasado como la
solución más simple y segura a la necesidad de control del
trabajo de los yernos por parte de los suegros (Turner, 1979a
y 1979b; Rivière, 1984, 1987), aunque recientemente tal
interpretación haya sido cuestionada (Lea, 1995, 2001).
19.
Shapiro (1987) aplica el esquema de Collier y Rosaldo a un
cierto número de grupos indígenas suramericanos cuya
organización social presenta una orientación patrilineal.
Para Shapiro, tal esquema permite entender cómo en estos
contextos la patrilinealidad no es un principio estructural
abstracto, sino que tiene conexiones “to marriage exchanges
and marital politics, to male solidarity and political
factionalism, and to the ritual and cosmological expression of
gender opposition” (1987: 302). Sobre la teoría de las
transacciones de bienes y servicios asociados con el
matrimonio, y los debates sobre la noción de “intercambio”
y la posición de la mujer que se casa, véanse Strathern
(1984); Bossen (1988); Collier (1988); Weiner (1992); Collard
(2000).
20.
Además, para Dean, el modelo de Collier y Rosaldo no tiene en
cuenta cómo estos servicios y prestaciones nunca son
unilaterales, así que, por ejemplo, “a prospective
son-in-law’s labour may be more than reciprocated in terms
of his consumption in his wife’s natal group” (1995: 101).
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Poromana
(Media Guajira): Bailando Yonna para turistas. |
En el caso wayuu, en el que el
“precio de la novia” se encuentra en lugar del “matrimonio
por servicios”, la influencia que las variables relacionadas
con las jerarquías sociales y económicas ejercen sobre las
relaciones de género es evidente también cuando se mira a la
alianza matrimonial y en la “política marital” que ahí
se expresa.
Con la
excepción de Watson-Franke (1976, 1987), en la literatura
etnográfica sobre los wayuu, se ha considerado frecuentemente
el “precio de la novia” (paüna), entregado al padre21
como el elemento que caracteriza el sistema de transacciones y
prestaciones matrimoniales. Esto ha llevado a prestar poca
atención al hecho de que en muchos casos la entrega del “precio
de la novia” constituye sólo una parte de las transacciones
de bienes materiales relacionadas con la ocurrencia del
matrimonio. De hecho, la esposa, cuando pertenece a una
familia que tiene rebaños, aunque no participe en la
repartición de los bienes pagados para ella, recibe por sus
padres unos animales que, junto con los que ella ya poseía,
serán pastoreados por su esposo, cualquiera que sea el lugar
de residencia establecido por la nueva pareja. Por lo tanto,
si se quieren utilizar las tipologías adoptadas generalmente
por los antropólogos para la clasificación de las
categorías de transferencias de bienes en el matrimonio,
sería correcto decir que entre los wayuu, sobre todo entre
las familias de estatus medioalto, no hay sólo el “precio
de la novia” sino también la “dote”.
21.
Los tíos maternos pueden recibir el precio de la novia por la
hija de un hombre sólo cuando el monto del pago para las
hijas de este hombre lo haya compensado de lo que él pagó
por la madre de ellas.
Además, según
Watson Franke (1987), en la serie de pagos que un hombre hace
para su esposa no se puede ver la expresión de un orden
social en que las mujeres son simples “objetos”
intercambiados entre los hombres. En primer lugar, ella
argumenta que las mujeres participan activamente en las
negociaciones del pago y reciben parte de éste: tal es el
caso de los collares, por lo general recibidos y guardados por
las mujeres del matrilinaje del padre de la esposa, del “pago
del chinchorro nupcial” (suimaja), recibido por su
madre como lecho nupcial para los esposos, y, a veces,
también del pago por la sangre derramada en ocasión del
nacimiento del primer hijo.
Adicionalmente,
las mujeres de la familia participan en la repartición del
pago principal entregado al padre. Por último, se ha
mencionado cómo la mujer, por lo menos aquella cuyos padres
tienen bienes materiales, recibe al momento de su matrimonio
unos animales por ellos. Estos animales y su futura cría
pueden constituir para la mujer una garantía de independencia
económica, sobre todo, cuando a estos se agrega la capacidad
femenina de producir tejidos que se pueden comercializar22.
22.
Además, como nota Watson Franke (1987: 233, 242), el esposo,
también cuando le pastoree y le ponga a producir, no tendría
que disponer de estos animales sin el asentimiento de la
mujer. Se puede agregar que en caso de divorcio, estos
animales tendrían que quedarse con la mujer, después de que
el marido reciba la devolución del pago matrimonial
entregado.
La conclusión a
la que llega Watson-Franke por estos hechos es que entre los
wayuu, el matrimonio “adds additional responsibilities to
the woman’s day but does not change drastically the
distribution of her resources. The husband gains the right to
receive food, domestic services (cleaning, washing, cooking)
and sexual gratification from his wife.The bride payment is
probably rationalized on
this basis. However, compared to the claims a woman’s
kingroup can make to her resources, the husband’s rights are
greatly limited. While the husband gains rights to his wife’s
sexuality, this does not include her reproductive energy. Her
children belong to her kingroup” (Watson-Franke, 1987:
241).
Según
Watson-Franke, estas limitaciones en los derechos del marido
aumentarían cuando la pareja vive matrilocalmente, o sea, en
la misma ranchería donde viven los parientes uterinos
cercanos de la esposa. En todo caso, ella sostiene (1976: 25)
que toda mujer casada sigue teniendo sus vínculos de
obligación más fuertes con su matrilinaje. Al interior de
éste, las relaciones de subordinación y control se
fundamentan sobre la edad: en la cultura wayuu el vínculo
entre hermano y hermana es considerado uno de los más fuertes
y prevalece sobre los existentes entre marido y mujer, pero se
caracteriza por ser una relación igualitaria.
Sin embargo,
más allá de su reconocimiento de que instituciones como la
poliginia y el levirato, y el valor atribuido a la virginidad
de la esposa al momento del matrimonio tienen que ser
consideradas expresiones de un concepto indígena del “dominio
masculino” (Watson-Franke, 1987), esta caracterización de
las relaciones entre marido y mujer entre los wayuu resulta en
efecto apropiada, sobre todo, para los matrimonios en los que
la mujer pertenece a una familia de estatus medio-alto (lo que
se asocia, como se ha visto, con la disponibilidad de una “dote”
en animales y, generalmente, de recursos económicos que le
permiten dedicar buena parte de su tiempo al tejido, sin
perjuicio de los otros oficios domésticos o laborales,
delegados en larga medida a otras personas). En cambio, ésta
no puede ser extendida a los casos de matrimonios
hipergámicos (es decir, con un hombre de estatus más alto,
lo que es frecuente entre los wayuu, sobre todo en el caso de
uniones polígamas), ni a aquellos matrimonios isogámicos
donde la mujer tiene poco o ningún tipo de recurso económico
propio, especialmente si a esto se agrega una residencia
virilocal diferente al sitio donde viven sus padres. En estos
casos, que en una sociedad económicamente estratificada como
la wayuu, constituyen un porcentaje relevante del total, la
mujer se encuentra en condiciones de notable subordinación al
marido, cuyas manifestaciones visibles son ya descritas por
Julian (1980: 224; ed. Or. 1787) en el siglo XVIII23.
23.
Al final del siglo XIX, De Brettes ha dejado esta
caracterización “extrema” de la variabilidad de la
posición de la mujer en función de su estatus social: “Entre
la gente común la mujer es una esclava, la bestia de carga.
Entre las familias acaudaladas es respetada” (1987: 120).
Se puede
concluir que, entre los wayuu, la existencia de una jerarquía
fundamentada en el nivel de riqueza
material no sólo interviene en la forma que toman
las relaciones de subordinación y control entre las
personas, sino que también influye de manera importante
en la configuración de las relaciones de género,
las cuales se manifiestan sobre todo en las relaciones
matrimoniales. Estas últimas se configuran de
manera diversa, en términos de los papeles y de los poderes
que tienen el hombre y la mujer, dependiendo del
estatus económico y social de esta última, o sea, de
su menor o mayor condición de autonomía económica. Sin
embargo, la relación entre jerarquía y género entre los
wayuu es particularmente compleja, porque los otros elementos
de la organización social que en otras grandes áreas
culturales la intermedian y la conforman según determinados
patrones, no se presentan aquí tan definidos24.
La relativa indeterminación de las reglas de residencia
postmatrimonial25
y de herencia convive con un mecanismo de afiliación
matrilineal en las disputas y en las retaliaciones por un
homicidio, en los cuales las negociaciones, transferencias y
apropiaciones de cantidades ingentes de bienes traen consigo
una redefinición de las jerarquías sociales entre las
partes. Además, en un sistema de alianza matrimonial en el
que “el precio de la novia sirve como mecanismo, aunque
imperfecto, para regular la identidad socio-económica de los
que piden esposa con los que la ceden” (Saler 1988: 90)26,
hoy en día, la crisis del pastoreo, la influencia misionera
y el desarrollo de los matrimonios “interétnicos” entre
mujeres indígenas y hombres “criollos”, contribuyen
a debilitar el cumplimiento de los pagos matrimoniales,
engendrando así una interrupción en
los circuitos de reciprocidad de los cuales estos pagos son
un elemento clave.
24.
Ortner
(1981) propone un articulado análisis de las relaciones de
género en las sociedades “jerárquicas”. Ella argumenta
que algunos rasgos de las relaciones de género son comunes a
toda sociedad en la que la jerarquía es un principio “englobante”,
es decir, que dichos rasgos muestran una notable dependencia
de este principio. En cambio, otros rasgos varían en función
del sistema de parentesco, que tiene que ser considerado una
variable independiente respecto a la jerarquía.
25.
Tanto
Watson-Franke como Watson (1967) pensaban que los wayuu
tenían una norma “ideal” de uxorilocalidad, a pesar de
que muchas veces no la seguían. Con base en datos detallados
de terreno, Saler (1988) y Goulet (1981) han concluido que
entre los wayuu no hay una regla de residencia determinada. En
este sentido, esta puede ser caracterizada como “ambilocal”,
en cuanto es el producto “estadístico” de un conjunto de
factores circunstanciales, como las oportunidades de
subsistencia en un momento dado, el estatus relativo entre los
cónyuges y sus respectivos padres, la poligamia del hombre,
etc. La escogencia de una de las opciones posibles de
residencia postmatrimonial no significa en sí misma el
establecimiento de una residencia permanente. Los cónyuges
pueden mudarse en el tiempo por otra localidad, o pueden dejar
de vivir juntos, aunque esto no siempre quiera decir su
definitivo divorcio (oulaja), ocurrencia de todas formas no
inusual. Además, cuando una mujer sigue viviendo
virilocalmente, los hijos, al convertirse en adultos, pueden
regresar a vivir en el territorio de su grupo uterino. Muchas
veces, este evento se verifica cuando un tío materno, antes
de morir, dispone que sus tierras sean heredadas por sus
sobrinos sororales.
26.
Entre
los wayuu, no hay prescripción matrimonial; es decir, no
existe una categoría de pariente con la cual una persona
tendría que casarse. En cambio, hay una interdicción del
matrimonio con parientes uterinos cercanos (en particular de
un hombre con su prima paralela matrilateral; con la hija de
ésta, con su sobrina sororal), que se vuelve mucho más
débil al aumentar la distancia genealógica. La presencia de
una terminología de parentesco de tipo “crow” (es decir,
utilizando una descripción simplificada, una terminología
caracterizada por algunas ecuaciones entre parientes de
generaciones distintas, en particular entre hijos e hijos del
tío materno, o sea, primos “cruzados matrilaterales”, y
entre padres e hijos de la tía paterna, o sea, primos “cruzados
patrilaterales”, que se acompaña con la existencia de
términos específicos para los parientes políticos) plantea
la cuestión si entre los wayuu existe una estructura “semicompleja”
de los intercambios matrimoniales, caracterizada por una
prohibición del matrimonio con una amplia categoría de
consanguíneos. La cuestión es importante también para el
análisis de las relaciones de género, porque, como argumenta
Héritier (1984: 142), quien desarrolla la teoría de los
sistemas “semicomplejos” y de sus relaciones con las
terminologías de tipo “crow-omaha”, los sistemas de
repartición de los consanguíneos en cónyuges “permitidos”
y cónyuges “prohibidos” son, al mismo tiempo, sistemas de
repartición de las mujeres. Las genealogías recogidas por
Goulet (1981) y por mí, no permiten respuestas definitivas.
Por otra parte, como anota Saler (1988), los casos de uniones
entre primos cruzados o paralelos patrilaterales son
explicados por los wayuu como producto de factores casuales o,
en el caso de familias ricas, de estrategias concientes de
mantenimiento y concentración del patrimonio de un hombre y
de su sobrino sororal.
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Alta
Guajira: La piedra de Worunka |
Los papeles
de intermediación y el estatus de intangibilidad y
ambigüedad de la mujer
wayuu.
Una ideología de la “primacía” del hombre emerge más
claramente cuando se analizan los papeles que hombres
y mujeres tienen en ámbitos y arenas que, en general, se
considera que tienen una naturaleza claramente “política”:
el liderazgo, las disputas y las guerras. La posición de jefe
de linaje es siempre mantenida por los hombres, y, “cobros
are negotiated by men” (Watson-Franke 1987: 240)27.
Frente a la primacía de los hombres en la ocupación de estos
papeles, la gran mayoría (ocho de cada diez, según Perrin,
2003) de los chamanes (outsü) son mujeres. Según
Watson Franke, también esto prueba la importancia social que
las mujeres tienen entre los wayuu. De hecho, a través del
contacto con el mundo sobrenatural de los espíritus, el
chamán se convierte en el “communicator par excellence
in Guajiro society” (1976: 35).
En otro
artículo (1982), Watson Franke vuelve a considerar este
asunto desde la mirada a los rituales wayuu de reclusión (asürrula).
Entre este tipo de rituales, el más conocido, aunque su
práctica y su duración se ha disminuido actualmente, es el
“encierro” a que se somete a la muchacha cuando le
sobreviene su primera regla28.
Durante este periodo, la madre o la abuela materna son las
únicas personas con quienes tiene contacto la joven
encerrada. Ellas no sólo se responsabilizan del seguimiento
de todas las prescripciones rituales, sino que suministran a
la muchacha enseñanzas, relativas sobre todo a la vida sexual
y al aprendizaje de variadas técnicas del tejido29.
Después de un periodo variable, que puede durar desde pocas
semanas hasta un año y más (generalmente es más largo
cuando ella pertenece a una familia de alto estatus), la
muchacha finalmente sale de su reclusión. Desde ese momento,
ella puede casarse con quien la haya “pedido”. Los wayuu
afirman que el “encierro” sirve para transformar a la
muchacha en lo que entre los wayuu se considera una “verdadera
mujer” con las habilidades y comportamientos “apropiados”
para esta condición.
27.
En las disputas, las palabras de las mujeres son escuchadas y
pueden contribuir a suavizar o a agravar el conflicto. Según
los testimonios recogidos por Watson Franke (1976), algunas
mujeres pueden llegar a desempeñar el papel de “palabrero”,
o sea de persona formalmente llamada por dos partes en
conflicto para funcionar de intermediario- mediador. Sin
embargo, el estudio de Guerra (2001) ha aclarado que esta
eventualidad tiene que ser considerada una excepción.
28.
Ella viene entonces encerrada en un rincón del rancho donde
vivía con su madre o su abuela o en un pequeño y apartado
rancho construido en previsión de este evento. La muchacha no
puede salir ni ser vista de la gente hasta al final del
periodo de su reclusión. Durante este periodo, el régimen
dietético es estricto, en particular, en los primeros días
posteriores a la primera menstruación, cuando ella debe
permanecer inmóvil acostada en un chinchorro. Luego, se le
corta el pelo y se le practica un baño frío. Durante todo el
periodo de reclusión, la repetición frecuente de esta
operación y la continuación de un régimen de restricciones
alimentarias y de movimientos, aunque menos severas que en los
primeros días, se consideran actos necesarios para garantizar
que la mujer no envejezca rápido y no tenga embarazos
excesivos o difíciles en el futuro.
29.
Para estas últimas, a veces las familias ricas pueden pagar a
una mujer particular, con especial competencia en este oficio,
para que se encargue de transmitir sus conocimientos a la
encerrada.
Watson Franke
observa cómo entre los wayuu este ritual de iniciación
femenina, al que no corresponden rituales análogos en la
iniciación y la educación de los varones, ofrece paralelos
con los rituales a los cuales se somete a los homicidas y a
las personas que van a volverse chamanes. En todos estos casos
el ritual conlleva la reclusión, acompañada por un régimen
dietario especial y la limitación de los contactos con otras
personas, cuyo objetivo es lograr la “protección” de una
persona a través de su sometimiento a un proceso de cambio y
renacimiento30.
Además, en estos rituales, las mujeres no sólo son las
destinatarias (exclusivos, en el caso del ritual de pubertad)
de sus beneficios, sino también la única clase de personas
que puede estar “in contact with the secluded person.
This means that Guajiro women can cross boundaries and
furthermore, can help others to do so” (1982: 458, énfasis
agregado). Este privilegio de las mujeres wayuu en relación
con el cruce de los confines se halla asociado con la
influencia que ellas ejercen “in maintaining and
restoring peace” (Watson-Franke 1982: 458). Cruzar los
confines quiere decir, al mismo tiempo, tener acceso y
contacto con zonas y condiciones “sagradas” (pülasü)
y, por lo tanto, “peligrosas” y asociadas con la muerte.
Se puede concluir que para la cultura wayuu, la mujer tiene
una mejor condición, respeto al hombre, para manejar las
relaciones con el mundo pülasü. En esta óptica se
puede interpretar la prevalencia de las mujeres en la
actividad chamánica y plantear la hipótesis sobre la
conexión entre este aspecto y el concepto de las mujeres como
los enlaces necesarios para la perpetuación del propio grupo
de descendencia matrilineal.
30.
También Saler (1988) anota estos paralelismos, en muchos
grupos amazónicos, cuyos significados han sido analizados
desde una perspectiva comparativa por Conklin (2001). Se puede
agregar que casi todos estos aspectos se encuentran también
en el contexto (que Watson Franke no menciona) de los rituales
de curación por un(a) chamán.
Cabe destacar un
aspecto ulterior de esta configuración de los papeles que en
la sociedad wayuu corresponden respectivamente a hombres y
mujeres. En sus discursos, los wayuu ponen énfasis sobre la
distinta condición que los unos y las otras tienen en las
guerras de venganza, las cuales pueden considerarse como el
contexto principal en el que se manifiesta y se redefine la
identidad de los grupos de descendencia uterina. No en vano,
el conjunto de los hombres de un determinado grupo de
descendencia uterina se designa no sólo como tooloyu,
“varones”, el cual se opone a jieyu, “mujeres”,
sino también a través de un término, saashichinyu,
que mis informantes hacían derivar de jashichi, “bravo,
valiente, guapo”, reenviando claramente a su papel de
guerreros al interior de su grupo uterino.
En las guerras,
explican los wayuu, son sólo los hombres los que combaten y
“mandan” al actuar como jefes (alaülayu), mientras
que las mujeres se encargan de recoger los muertos y los
heridos y enterrar a los primeros después de un
enfrentamiento. Además, los wayuu afirman que, en una
retaliación, a las mujeres no se les puede considerar como
blancos legítimos. Esto les permite seguir teniendo libertad
de movimiento para salir de su territorio e ir a la ciudad o a
otra ranchería para hacer mercados, visitas o
participar en reuniones. En cambio, todo esto expondría a
cualquier hombre al peligro de ser atacado y morir o causar
otra muerte, agravando ulteriormente el conflicto.
Por lo tanto, de
manera similar a lo que pasa en los rituales de reclusión y
de curación chamánica, también en las guerras, por lo menos
en teoría, las mujeres tienen una condición especial de
intangibilidad, que les permite cruzar, sin peligro excesivo,
por espacios (“caminos”, como dicen los wayuu), que los
hombres deben evitar. Sin embargo, este estatus es, al mismo
tiempo, un estatus de ambigüedad. Por su intocabilidad y
libertad de desplazamiento en las guerras, las mujeres de los
enemigos pueden de manera fácil conseguir armas,
informaciones y recursos para los hombres de su grupo uterino,
cuyos movimientos y visibilidad fuera de su territorio son, en
contraste, muy limitados. Esta ambigüedad resulta ser tanto
más fuerte cuando se piensa que muchas veces las mujeres que
pertenecen al grupo uterino de los propios enemigos son al
mismo tiempo las propias esposas o cuñadas o vecinas.
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Media
Guajira: Preparando la Shikirra (Comida) del Velorio |
Las
identidades de género en el discurso mítico
Perrin (1980, 1988, 1997, 2003) ha identificado la ambigüedad
como uno de los rasgos asociados por los wayuu con el polo
femenino, tal como se representa en su discurso mítico. Para
él, este discurso articula principios de una visión dualista
del universo, la cual, desde Lévi Strauss, ha sido
considerada por muchos antropólogos (Maybury Lewis 1979;
Viveiros de Castro 2001) un rasgo característico común a
todas las culturas indígenas del área amazónica31.
En la mitología wayuu este dualismo se sintetiza en la pareja
constituida por Juyá y Pulowi. Juyá (“Lluvia”) se
representa como el dueño de los espacios celestes y “padre”
de los wayuu: único, móvil e hipervaronil, asociado con la
caza, la horticultura y el pastoreo, al hacer en forma de
lluvia, hace brotar las plantas y brinda el agua para hombres
y animales, “visitando” todas las zonas de la Guajira.
Estas visitas se conciben, al mismo tiempo, como las que él,
representado como un hombre rico y dotado de una hermosa
montura, hace a las varias Pulowi esparcidas por toda la
península, que son sus esposas. Pulowi se representa al mismo
tiempo como una y muchas. Dueña de los animales del mar y de
los salvajes de la tierra, reside de manera fija y constante
en el mar o en varios lugares de la península, generalmente
asociados con puntos de agua o sitios aislados y despoblados.
Aunque ciertas veces pueda recompensar al cazador o al
pescador permitiéndole sacar de sus “posesiones” un rico
botín (Guerra 2004), por lo general enferma y ocasiona la
muerte a toda persona que la encuentre. Son, sobre todo, los
hombres, quienes la encuentran, en forma de una hermosa mujer
de cabellera larga, que se puede convertir en una culebra, un
venado blanco o un pez gigante. Ella los seduce y, al
llevarlos a su mundo, les provoca la muerte. Las Pulowi, en la
forma de animales salvajes o cuando se sirven de sus
emisarios, como los Wanülü, que tienen aparencia de
hombres, se manifiestan también con las mujeres, causándoles
la enfermedad y hasta la muerte.
31.
Por esto, según Mc Callum, “a theory of gender in
indigenous Amazonia must deal with the ubiquitous presence of
both dualism and perspectivism in indigenous Amazonian
cosmologies and ontologies. […]Cross-sex and same-sex
relationships are organized by the second conceptual
opposition basic to the generation of sociality: between the
inside and the outside” (2001: 164 y 180).
En todo caso,
estos encuentros con Pulowi o sus emisarios tienen una fuerte
connotación sexual. Por otra parte, como se ha dicho, Juyá y
Pulowi, seres que tienen calidades aparentemente opuestas, son
esposos. Perrin nota el doble carácter de complementariedad y
conflictualidad que tienen las relaciones entre ellos en la
mitología wayuu32.
En algunas narraciones, Juyá, cuando va a visitar a Pulowi,
descubre que ella lo ha traicionado, y la mata a ella o a otro
personaje que se presenta como su hermano. En otras, él tiene
que intervenir para que ella no haga daño a sus “hijos” o
“descendientes”, los wayuu.
32.
Podría ser interesante identificar continuidades y
discontinuidades entre el enfoque estructuralista de Perrin y
la teoría del “antagonismo sexual” que fue el estudio
principal de los primeros dedicados al tema del género en el
ámbito de la etnografía de los pueblos indígenas de las
tierras bajas suramericanas (por ejemplo, Murphy y Murphy
(1974); Gregor (1985). De acuerdo con esta teoría, el “antagonismo
sexual” es un universal tanto biológico como psicológico
que se expresa en las formas mítico-rituales y en los
conceptos locales de la persona y del cuerpo que se encuentran
entre los grupos indígenas del área. En todas estas
expresiones culturales es evidente un intento de reafirmación
ideológica y sicológica del poder y de la misma identidad
sexual masculina, percibidos como inciertos. A su vez, tal
incertidumbre tiene sus bases en un tipo de organización
social en la cual las clases y la propiedad privada de los
medios de producción están ausentes o poco desarrollados, y
la frecuencia de la guerra y de otras condiciones (por
ejemplo, los modelos de intercambio competitivo y de alianza
matrimonial) amenazan la solidaridad y la integridad de los
hombres en cuanto grupo.
Después de que Strathern (1988) demostró las inconsistencias
teóricas y etnográficas de este esquema en relación con su
aplicación en la etnografía de Melanesia, su utilidad ha
sido cuestionada también con respecto al contexto
suramericano. Knauft (1997) nota que: a) la idea que los
hombres conformen grupos autónomos provistos de una identidad
social propia corresponde muy raramente a la realidad
observada entre los grupos del área; b) un psicologismo
reduccionista se insinúa en los conceptos, relacionados entre
ellos, de la inseguridad y de la solidaridad masculina; c) las
perspectivas y las subjetividades de las mujeres quedan
totalmente fuera de este modelo explicativo. Mc Callum (2001)
va más allá en su crítica”: La idea de que los hombres y
las mujeres conformen grupos sociales distintos y antagónicos
se apoya en otro supuesto cuestionable, es decir, que la
identidad de género constituye un aspecto natural de los “individuos”,
entendidos como unidades biológica y sicológicamente
integradas. Además, es cuestionable también la idea de que
las categorías de género, elaboradas en los significados y
en la acción social, tienen siempre sus bases en las
diferencias de naturaleza biológica entre los sexos.
Entre las
numerosas oposiciones entre términos complementarios, y al
mismo tiempo en tensión conflictual, que esta pareja de
personajes míticos organiza simbólicamente y metaforiza
(Rivera 1990-1), hay que incluir, anota Perrin, la relación
conyugal entre hombre y mujer. La imagen de Juyá que se
desplaza periódicamente a diferentes lugares de la Guajira
para visitar a sus múltiples Pulowi, representa la relación
entre el hombre wayuu rico y polígamo y sus distintas mujeres
a las cuales visita de manera regular en las áreas donde
ellas residen. Para Perrin, Pulowi, si bien por un lado
produce la muerte del “individuo” que la encuentra, por
otro, asegura de manera indirecta la reproducción de la
naturaleza (repartiendo equitativamente sus productos) y, en
consecuencia, la reproducción social cumple un papel similar
al de la mujer wayuu en la perpetuación de su grupo de
descendencia.
Esta
combinación de una posición ambigua, de potencial
peligrosidad y de enlace necesario a la reproducción del
orden social, es evidente también en la otra figura femenina
principal de la mitología wayuu: Wolunka. En las narraciones
míticas ella aparece como la mujer primigenia, cuya vagina
dentada no permitía a los hombres unirse con ella y procrear
a los wayuu hasta el día en que, mientras ella se baña
desprevenida en la laguna de Wotkasainru, en la Alta Guajira,
una pareja de hermanos le flecha la vulva tumbándole los
dientes y haciéndola sangrar. De ahí el origen de la
menstruación de las mujeres y lo que se podría llamar el
inicio del aprovechamiento de su capacidad procreadora33.
33.
Mazzoldi (2003) identifica las conexiones entre el mito de
Wolunka y el ritual del “encierro” de la mujer al momento
de su primera menstruación.
Por todos estos
aspectos, Perrin (2003) argumenta que, en la cultura wayuu, a
la mujer se le asocia con una condición de estabilidad,
interioridad y multiplicidad, y al hombre, con una de
movilidad, exterioridad e individualidad. La asociación entre
mujer e interioridad se manifiesta por ejemplo en el ritual de
“encierro” de la mujer, en su centralidad en el espacio
“doméstico” y en su papel de “multiplicadora” de la
descendencia. La asociación entre hombre y exterioridad se
manifiesta, en cambio, en su dominio, tanto de los espacios
del “monte” y de los “caminos”, como del espacio “público”
de la representación y negociación34.
Además, según Perrin, la mujer, en cuanto “individuo”,
se representa en general como ambigua y potencialmente
peligrosa. Ella tendría valor social solo en cuanto se
presenta como “pluralidad” y “multiplicidad”, bien en
forma de enlaces para la perpetuación del grupo de
descendencia, o bien en cuanto conjunto de esposas de un
hombre35.
34.
Según Perrin, esta oposición se encuentra también en la
concepción misma de la procreación, según la cual se
considera que el niño se forma a partir de la sangre “interna”
de la madre que le viene de la matriz de ésta, es decir, de
su interior. Para que esta sangre coagule, “cuaje”, como
dicen los wayuu, es necesario que entre en contacto con el
semen del hombre, un elemento que posee connotaciones de
exterioridad, ya por su origen externo a la matriz en que se
desarrolla el feto, ya porque su “fuerza” depende de la
alimentación del hombre.
35. Por
esto en la sociedad wayuu “la única manera de distinguirse
cono individuo para una mujer es volverse chamán” (Perrin
2003: 12). El actual debate en antropología, sobre todo a
partir del trabajo de Strathern (1988), alrededor de los
conceptos de “individuo”, “sociedad”, “persona”,
“colectividad” podría proveer nuevos enfoques para
abordar dicha cuestión. En este sentido, se podría
tentativamente plantear que volviéndose y actuando como
chamán, la mujer como “individuo” transciende su
posición ambigua, asumiendo un papel de restauradora de un
orden social y cosmológico perturbado por la irrupción del
malestar y de la desgracia. Además, éste es un papel “públicamente”
reconocido, similar en esto al del “palabrero”.
En la
evaluación de esta asociación de la representación cultural
de la condición de la mujer y la actividad chamánica,
las dos tesis, aparentemente poco conciliables, de
Watson-Franke (la mujer como “comunicadora par excelence”,
que tiene una condición privilegiada en el
pasaje de confines y espacios peligrosos y vedados) y Perrin
(la mujer como asociada a la fijeza, interioridad, multiplicidad,
pero también caracterizada por una posición
“peligrosa” de ambigüedad) parecen al final encontrar
un punto de convergencia.
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El Colorao
(Media Guajira). |
Las
relaciones de género y la modernización
En los últimos años, la cuestión de la relación siempre
más fuerte de los grupos indígenas suramericanos con
la modernidad se ha vuelto tema ineludible en los debates
sobre la construcción del género en la región36.
Como se ha dicho, ya desde el siglo XVI, la llegada de los
europeos ha determinado cambios profundos (de los que la
adopción de la ganadería constituye el ejemplo más claro)
en la vida social de los pueblos indígenas de la Guajira.
Saler (1988) llama nuestra atención sobre el alto grado de
“semiautonomía”, inusual entre las poblaciones indígenas
de Suramérica, sometidas a un intenso contacto con el mundo
occidental, que, hasta un tiempo reciente, los wayuu han
mantenido en la gestión de la introducción de elementos
procedentes de aquel
mundo. De todas formas, esto refuerza la conciencia
que muchos elementos de los modelos sociales y
culturales wayuu, observados y aislados por los etnógrafos,
son el resultado, en muchos casos, provisional y transitorio,
de complejos y largos procesos de cambio que,
muchas veces, se desarrollaron antes del momento en
que se inició su observación etnográfica.
36. Según
Knauft, hoy en día el género “is inflected by local
configurations and appropriations of modernity. These
appropriations draw upon, and often reinforce, long standing
gendered oppositions at the same time that they cut across or
compromise some of their future” (1997: 234). Tanto en la
Amazonia como en Melanesia, la modernidad produce un cambio de
las nociones y valores asociados con la identidad, el
prestigio, la propiedad y el trabajo, sea masculino o
femenino, junto con una “mercantilización” y una
individualización de las transacciones matrimoniales y de las
relaciones entre hombres y mujeres. Según Knauft, existen
diferencias en la manera en que la modernidad conlleva una
reestructuración del género en las dos áreas, que surgen
por: a) el predominio de sistemas distintos de transacción
matrimonial (“matrimonio por servicios” en Amazonia contra
“precio de la novia” en Melanesia); b) el énfasis sobre
el papel de las relaciones patrón-cliente asociadas con el
mestizaje en la Amazonia contra el papel de ‘big’ y ‘great’
men en Melanesia; c) el diferente espacio que tiene el
reconocimiento de la identidad indígena en la construcción
del Estado nación y de su discurso de autolegitimación.
De hecho, para
interpretar ciertos rasgos que presentan las relaciones de
género entre los wayuu se ha propuesto
la hipótesis de su derivación de la ideología “latina”
procedente de los “criollos”. Watson Franke (1976)
lo sugiere, aunque sin suministrar evidencias concluyentes,
para la valoración de la virginidad femenina al momento del
matrimonio. Perrin (2003) plantea
una tesis análoga, sustentándola con argumentos
etnográficos que, sin embargo, no pueden considerarse pruebas
“definitivas”, para refutar la tesis de Goulet (1981),
según la cual, en la concepción wayuu tradicional sólo el
hombre transmite a los hijos la sangre37.
37.
Personalmente, durante mi trabajo de campo, encontré que los
conceptos que los wayuu tenían acerca de los aportes de la
mujer y del hombre en la procreación variaban, sobre todo,
respecto de la cuestión de quién tiene un papel activo y
quién un papel pasivo. Como se ha mencionado, para la
mayoría de las personas, la mujer “tiene más fuerza” en
la procreación. Sin embargo, un cierto número de
entrevistados entre los hombres afirmaba que la mujer es “como
una mochila” (musu sain kattoui), ya que su útero es
simplemente un recipiente del semen que al juntarse con la
sangre menstrual, permite desarrollar el feto. De todas
formas, no hay elementos que permitan imputar los puntos de
vista que insisten sobre la “pasividad” de la mujer a una
influencia “latina”, más que a la dialéctica interna de
una ideología propiamente Wayuu.
Para procesos
cuyo desarrollo ha sido más reciente, coincidiendo más o
menos con el inicio de la investigación etnográfica sobre
los wayuu, se tienen, sin duda, más elementos para evaluar
sus efectos sobre su organización social38.
Así, Gutiérrez de Pineda (1950, 1963) veía en la influencia
misionera y en el desarrollo del “mestizaje”, es decir, de
los matrimonios interétnicos, unos procesos que a partir del
final del siglo XIX, estaban introduciendo cambios profundos,
a través de la promoción de un modelo de familia nuclear en
el que ambos esposos tenían vínculos sociales de igual
importancia frente a los hijos, la progresiva devaluación del
“precio de la novia” y de la filiación matrilineal.
38.
En otros casos, para decidir en qué medida un elemento de
organización social observado por los etnógrafos entre los
años 50 ( trabajo de Gutiérrez de Pineda) y 70 (trabajos de
campo de Perrin, Goulet y Saler) representa un rasgo
estructuralmente “estable” o más bien una “transición”
de un patrón hacia otro, se puede al menos hacer referencia a
modelos teóricos o a fuentes históricas disponibles. Esto es
el caso, que se ha comentado anteriormente, de ámbitos y
situaciones de la vida social frente a los cuales los wayuu
ofrecen más opciones: por ejemplo, en las disputas por
lesiones y homicidio, en las que se cuenta con la vía de la
venganza o de la indemnización (Picon 1996) y, como se ha
visto, de la residencia y de la herencia.
Watson (1968) y
Watson-Franke (1979) identifican en el proceso de
urbanización de un alto porcentaje de la población wayuu en
los centros urbanos (en primer lugar Maracaibo) un importante
factor de cambio de la organización social indígena que
tiene particulares implicaciones para las relaciones de
género. Según ellos, la migración hacia los centros urbanos
determina el colapso de las extensas redes de apoyo económico
y social existentes entre todos los miembros del matrilinaje.
Esto es sustituido por un modelo de familia nuclear
copresidente en el cual la mayoría de las veces el padre
está ausente. En la ciudad, esta ausencia periódica o
permanente del padre no es balanceada ni por una condición de
autonomía económica de la mujer, fundamentada en la
posesión de propios animales y en la producción de tejidos,
ni por el apoyo que ella puede recibir por parte de sus
parientes uterinos. En el medio urbano no hay las condiciones
para desarrollar estas actividades cuyo control
tradicionalmente lo ejercía la mujer. En lo que concierne al
tejido, por una parte, la mujer dispone de un tiempo inferior
para dedicarse a este trabajo y un menor acceso directo a los
canales de venta; por otra parte, el frecuente abandono, en el
espacio de una generación, del ritual del “encierro”
determina, entre otras consecuencias, la pérdida del
principal contexto de aprendizaje de las técnicas de
producción. En la división del trabajo asociada con la
economía urbana la mujer tiene por lo general una posición
desfavorable, en cuanto posee menores oportunidades que los
hombres. Aunque no falten ejemplos de sectores, como el
comercio, sobre todo de mercancías traídas de Colombia a
Venezuela y viceversa, en los que las mujeres realizan a
menudo papeles importantes, el servicio doméstico y la
prostitución pueden convertirse, en ciertas ocasiones, en el
único modo de escapar a la miseria39.
39.
También en los casos en que la mujer convive en la ciudad con
su esposo, argumenta Watson-Franke, esta frecuente carencia de
autonomía económica y/o de apoyo por sus parientes uterinos,
la coloca, diferentemente de lo que pasa en el medio “tradicional”,
en una posición de fuerte dependencia de aquel. Además en el
contexto urbano, es probable que la ideología “latina”
del “machismo” llegue a permear las relaciones entre la
pareja de esposos.
En síntesis,
con el crecimiento de la influencia occidental, “larger
units break up into various smaller arrangements. Matrilineal
societies like the Guajiro are more strongly affected by these
changes than patrilineal systems due to the different
productive and reproductive roles of women and men in both
contexts. As culture change proceeds, the control exercised by
the woman and her family shift sin favour of the husband, and
a situation arises where the husband gains rights to his wife’s
productive and reproductive powers, a pattern that is foreign
to a matrilineal ideology” (Watson-Franke 1987: 243,
énfasis en el texto, Ref. bib. Omit.).
 |
Nazareth:
mujer mostrando una faja tejida.
|
Una vez que se
deja a un lado la tendencia persistente a asumir la
matrilinealidad y la patrilinealidad como categorías
definitorias de tipos distintos de “sociedades”40,
estos análisis ponen un justo énfasis en cómo la
incorporación de la población indígena en el sistema
político-económico de Colombia y Venezuela conlleva un
proceso de pérdida de relevancia de la afiliación de las
personas a grupos extensos de parentesco, que en el medio “tradicional”
constituyen para ellas las principales redes de soporte
económico y social. Esto se traduce en la desarticulación
entre las relaciones de género y el sistema de estatus y de
papeles sociales fundamentados en un principio de descendencia
matrilineal. En este proceso, las mujeres serían
particularmente afectadas porque su estatus depende siempre
menos de su posición al interior de su grupo matrilineal y,
de manera creciente, de su posición al interior de la familia
nuclear copresidente. Desde el punto de vista económico, la
importancia de la mujer tiende a debilitarse por las nuevas
condiciones de la división del trabajo que raramente les
permiten el manejo autónomo de recursos propios. Desde un
punto de vista social y cultural, el abandono del ritual de la
pubertad femenina y la penetración de una constelación
ideológica en la que conviven el machismo y el reconocimiento
de nuevos papeles del padre, determinan una devaluación
simbólica de la condición femenina.
40.
En este sentido, se puede argumentar en favor de la necesidad
de un replanteamiento de la cuestión del cambio de las
configuraciones de género en poblaciones como la wayuu,
parecido a lo que se ha tenido en el caso de la cuestión del
cambio de las organizaciones matrilineales (véase Holy, 1996;
Palumbo, 1997).
Como pude
observar en el curso de mi trabajo de campo, muchas
situaciones confirman este diagnóstico. Por ejemplo, la
interpretación del “precio de la novia” como una “compra”
de la mujer o una “garantía” de la alianza matrimonial,
no es sólo un argumento debatido en las conversaciones entre
wayuu y criollos, y entre los mismos wayuu, para justificar o
rechazar el cumplimiento de esta práctica. La asistencia a
muchos intentos de composición de disputas maritales por las
Oficinas municipales y departamentales de Asuntos Indígenas
de la Guajira Colombiana, me ha permitido constatar la
frecuencia de casos en los que la mujer pone una queja en
contra de su marido, porque éste no le suministra ni a ella
ni a los hijos lo necesario para subsistir y para su bienestar
doméstico41.
Detrás de estas peticiones se manifiesta no solo una
situación en la que la mujer ya no dispone de recursos
propios y de apoyo por sus otros parientes, sino también el
surgimiento de un concepto de acuerdo con el cual corresponde
al esposo proveer la satisfacción de las necesidades del
hogar. Además, hoy en día, aun en aquellos casos en que se
cumpla con todos los pagos matrimoniales, la entrega de una
“dote” en animales a la mujer es un hecho que tiende a
desparecer, con todo lo que esta asimetría implica para el
estatus de la mujer.
41.
Agradezco nuevamente a los funcionarios de estas Oficinas por
haberme dado esta oportunidad.
Sin embargo, los
análisis de Watson y Watson-Franke, tienen poco en cuenta
cómo los cambios en las relaciones de género siguen
dependiendo de manera relevante de factores relacionados con
la estratificación jerárquica interna de la población wayuu42.
En uno de los pocos estudios que pone de manifiesto cómo la
crisis de la economía pastoral y su parcial sustitución con
una economía basada en relaciones de trabajo asalariado ha
influido sobre la reproducción de las jerarquías internas a
la sociedad wayuu, Rivera (1990-1) llega a la conclusión de
que estos procesos determinaron una reestructuración de
dichas jerarquías, como atestigua, por ejemplo, la
desaparición total de la esclavitud y, casi total, del
peonaje. Al mismo tiempo, él anota cómo las migraciones y el
desarrollo de la participación en relaciones de trabajo
asalariado no ha producido necesariamente el previsto colapso
de las extensas redes de apoyo entre consanguíneos y de las
instituciones (como el precio de la novia, los pagamentos de
indemnización y los velorios) que funcionan a través de
aquellas. En contraste, han provisto un sustento que, de otra
forma, con la crisis de la economía pastoral, le habría
faltado. Aunque Rivera no aborda aspectos importantes de estos
procesos de cambio, como las estrategias de inserción de las
familias wayuu más ricas en el nuevo sistema
político-económico de Colombia y Venezuela a lo largo del
siglo XX, su estudio evidencia la complejidad de las
dinámicas de interacción entre el sistema de estatus, la
estratificación económica, la organización del parentesco y
la división del trabajo. Partiendo de esta complejidad es
como se debe abordar el tema del cambio de las relaciones de
género en el contexto wayuu. En este sentido el surgimiento
de las nuevas formas de liderazgo nos brinda un campo de
observación particularmente apropiado, como veremos a
continuación.
42.
Esta observación se puede aplicar, por ejemplo, al análisis
de los cambios que se han tenido en la producción y
comercialización de tejidos, en los que al parecer el
desarrollo de un potencial en el mercado de la artesanía “étnica”
ha ejercido un impacto positivo casi exclusivamente en el caso
de las mujeres que ya contaban con una condición económica
de bienestar. Esto les ha permitido dedicarse al tejido como
actividad y fuente de ingreso “integradora” de otras, y de
esta forma adaptarse a modalidades de producción y
comercialización que para las mujeres pobres resultan muchas
veces no viables respecto a su posibilidad de inversión de
tiempo y recursos.
Redefinición de las
relaciones de género y desarrollo de nuevos papeles de
intermediación frente la sociedad no indígena
Se ha explicado anteriormente cómo en las disputas, las
retaliaciones y, más generalmente, en la toma de decisiones
que conciernen al grupo de parientes uterinos, los hombres
parecen colocarse “adelante” de las mujeres, en el sentido
en que son ellos quienes representan a la propia “familia”
ejerciendo funciones de liderazgo, de negociación y de
conducción armada de la guerra. En estos contextos, las
mujeres pueden ejercer una influencia importante, pero “desde
atrás”, a través comportamientos, aportes y comentarios
que no tienen un valor “público”, si no se legitiman y se
acogen al interior de su grupo de parientes uterinos varones.
También los papeles de intermediación fundamentados en el
manejo “público” de la “palabra” los desempeñan los
hombres. En cambio, a las mujeres le reconocen posiciones y
papeles privilegiados o exclusivos de acceso y manejo de
espacios y situaciones que tienen carácter de “interioridad”,
“pasaje”, “frontera”: sólo ellas pueden tener
contacto con las personas sometidas al “encierro” y salir
por los caminos cuando su grupo de parentesco uterino se
involucra en una guerra. Además, son sobre todo ellas las
encargadas de comunicarse con el mundo de los espíritus y de
la manipulación de los restos de los muertos, es decir, del
manejo de las cosas y las situaciones “sagradas” (pülasü).
Esta posición es de ambigüedad, pero también de
mantenimiento, reproducción y restauración del orden social
comprometido por los eventos cuya ocurrencia los wayuu
consideran “normal”, pero al mismo tiempo “destabilizadora”:
las guerras y las enfermedades.
Perrin (2003)
sostiene que el desarrollo de la influencia occidental está
hoy determinando un aumento del porcentaje de las mujeres que
manifestan una vocación chamánica y sugiere que esto sucede
porque “dans un monde chaque jour plus ouvert sur l’extérieur,
elles sont plus bouleversées que los hommes par les
changements”. Esta afirmación puede ser interpretada en
el sentido que para los wayuu la incorporación en el mundo
occidental es frecuentemente vivida como un malestar, análogo
a lo que se percibe frente a otras situaciones de ruptura del
orden social. El papel del chamán, que permite enfrentar
estas circunstancias a través de la mediación entre el
familiar y el ajeno, es una función que se ha visto asociada
específicamente con la mujer.
 |
| Karraloutamana
(Media Guajira): Alfarera. |
Quizás, si
miramos el conjunto de esta configuración de las relaciones
de género, sea posible explicar el alto porcentaje de mujeres
entre las personas que hoy en día desempeñan papeles de
intermediación y de representación de las comunidades
indígenas wayuu frente a los agentes sociales no indígenas,
en primer lugar, en la burocracia estatal y privada y en el
sector político local de la región Guajira. Esto constituye
un hecho relativamente raro en la Sudamérica indígena
contemporánea. En la Guajira, los papeles de “corredores”
y “patrocinadores”, como los define Saler (1988), uno de
los pocos etnógrafos de los wayuu que le ha prestado
atención a este tema, son de antigua data y tienen un
profundo arraigo en las relaciones históricas entre la
población indígena y la sociedad regional. Sin embargo, es
indudable que la figura del “líder”, que es el término
que designa localmente a las personas que desempeñan estos
papeles, ha tenido un enorme desarrollo en las últimas dos
décadas, en correspondencia con el acelerado desarrollo de la
incorporación de la población wayuu al sistema
político-económico de Venezuela y Colombia. En particular,
el lanzamiento de una política indigenista que reconoce un
estatus jurídico especial a los miembros de “comunidades”
y “grupos étnicos” indígenas y la penetración, en el
territorio wayuu, de grandes empresas multinacionales, han
determinado no sólo un aumento exponencial del número de “líderes”,
sino también de su poder. De hecho, ellos sirven de enlace
con las instituciones no indígenas para lograr el derecho a
las autonomías y a los servicios básicos (como, en Colombia,
la participación en el régimen subsidiado de salud),
reconocidos por la ley.
Hasta hoy, para
los wayuu, el papel del líder se sigue considerado claramente
como muy distinto del papel de alaüla, es decir, de
“jefe”. El líder se presenta como la persona que va a “hablar”
con los alijuna, con los “criollos” e intenta “lograr
cosas” a través de ellos. Condición para ser líder es “conocer”
el español y tener contactos frecuentes con los alijuna,
debido a la existencia de nexos familiares con estos, o
relaciones de estudio o de trabajo en la ciudad, etc. Pero no
es el líder, sino el alaüla, quien “conoce la
palabra” y es capaz de “arreglar los problemas” y de “mandar”
al interior de un grupo de descendencia uterino. Sin embargo,
la gran mayoría de las veces elalaüla no conoce el
español y solo se ocupa de asuntos relacionados con los alijuna
cuando estos se vuelven enemigos de su familia en una disputa
o guerra. Por lo anterior, muchos wayuu consideran que elalaüla
“no sabe” hacer el “trabajo” de líder. Por otro lado,
aunque hoy en día se reconozca que un líder se necesita para
lograr una cantidad creciente de bienes y servicios, muy raras
veces se asocia este papel con una posición de autoridad, que
en cambio es relacionada con elalaüla. Esto crea una
situación en la que el papel de líder se carga por los wayuu
de un alto nivel de ambigüedad, no tan disímil del que se
asocia con la mujer: ambos tienen libertad de tránsito y
relaciones con espacios y contextos percibidos como foráneos
y poco controlables; por esto, ambos tienen la oportunidad de
valerse de esta libertad para beneficiar a unos y afectar a
otros. De hecho, el líder es frecuentemente sospechoso de
tomar para sí mismo y su grupo de parientes uterinos los
beneficios destinados para toda la comunidad local que está
representando.
Frente a la
pregunta de por qué un alto porcentaje de líderes wayuu son
mujeres, los indígenas de ambos sexos suministran
explicaciones variadas y múltiples. Entre otras cosas, se
hace referencia al hecho que son sobre todo las mujeres wayuu
quienes tienen más estrecho contacto con los criollos por
estar casadas con ellos o por su dedicación al comercio de
productos en los centros urbanos. Tener este último papel
significa estar también acostumbradas al manejo de la “plata”,
una actitud que resulta esencial para las tareas que el papel
de líder conlleva. En este manejo, las mujeres se consideran
mucho más responsables por el especial cuidado que en la
cultura wayuu les corresponde en la cría de los hijos y
porque, a diferencia de los hombres, muy pocas veces “toman”
y gastan la plata en “trago”. Además, por un lado, las
mujeres, más que los hombres, residen en la comunidad que “lideran”
y conocen mejor las necesidades de sus miembros; por otro lado
pueden seguir “saliendo a la ciudad” cuando su grupo
uterino está implicado en una guerra. Finalmente las mujeres
son por lo general mucho más pacientes cuando se trata de
negociar con un funcionario. Entre los hombres esta virtud se
considera necesaria para el oficio de palabrero; de
manera especial, si se trata de un alaüla; y con mayor
dificultad, cuando se expone a situaciones en las que la
tendencia es la de asumir una posición de inferioridad frente
al interlocutor al momento de “pedir”.
Estas
explicaciones, que podrían parecer contradictorias entre sí,
demuestran en efecto la complejidad de los procesos
contemporáneos a que se encuentran sometidas las relaciones
de género entre los wayuu. En este sentido, sería
inapropiado y etnocéntrico interpretar el desarrollo del
liderazgo femenino en el sentido de que las mujeres han
alcanzado un acceso a poderes y
funciones “políticas” que anteriormente |